Archivo para diciembre, 2007

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Posted in Decreto de abandono on 19 diciembre, 2007 by catalogosdevalverde32

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[Pablo Fidalgo Lareo]

Posted in Decreto de abandono on 19 diciembre, 2007 by catalogosdevalverde32

Pasamos el tiempo encerrados
Y por la luz que tenemos
Nadie puede saber desde la calle
Hasta dónde llegaremos

Puede que mi madre llame
Y ya no pregunte por mí
Que llame y no me lo digan

Tocaremos el techo antes de que caiga
Pero nuestra juventud está en el suelo
En el suelo de la cocina
En el del baño
Donde nos quedamos dormidos

Nosotros hablamos
Mientras ellas nos miran
Las tiramos al suelo
El suelo no está tan sucio como creemos
Podemos apagar la luz
Tocarnos el pelo
Decir lo que pensamos o no decirlo
Dormir un poco mientras ellas
Preguntan por qué tenemos que hacer esto
Si nosotros no somos así

Las dejamos solas
Y todo lo importante se enseña así
En el suelo de la cocina o el cuarto de baño

Yo aguanté más días que mis padres
Sin salir a la calle
Y mirando el techo aprendí
Qué fácil es llamar loca a una mujer
Y qué difícil llamárselo a un hombre

Lo que contáis de vuestros padres no me lo creo
Mis padres serán los últimos en llegar
Me agarré al lavabo
No dejaré que me levanten
Lo que ellos hacían en la calle
Yo lo hago en casa
Con más dolor
Con más sentido

La casa está sucia
Y esta vez no vamos a limpiarla

Ha debido pasar más tiempo del que creíamos
No diría que somos mejores que antes
Pero si alguien nos preguntase
Qué estuvimos haciendo durante aquellos días
Creo que podríamos responderle
Sin contarle toda la verdad

[Álvaro de Campos]

Posted in Decreto de abandono on 19 diciembre, 2007 by catalogosdevalverde32

Estou cansado, è claro,
Porque, a certa altura, a gente tem que estar cansado.

prólogo: Notas para una sociología de la indolencia [Manuel Arias Maldonado]

Posted in Decreto de abandono on 19 diciembre, 2007 by catalogosdevalverde32

Puede discutirse que la indolencia sea una virtud, pero no que se trata de una conquista. Nuestra civilización es la primera en consagrar la indolencia como uno de sus principios —¡como un derecho!— sin incurrir por ello en el riesgo de derrumbamiento; al menos, por ahora. Y nos complacemos en ello. Basta leer estos poemas para comprobar la mórbida delectación que esta contraética provoca. A fin de cuentas, siempre ha sido una de las principales armas del poeta frente al mundo: el desapego responde a la industria. La novedad es que la indolencia no es ya patrimonio del poeta; como mucho, éste es su portavoz. Ha habido, en el pasado, formas de indolencia; por supuesto. Siempre ha habido perezosos, vagos, quietistas. Sin embargo, la indolencia —¿no es cierto?— es cosa distinta. Forma oblicua de la melancolía, inercia posmetafísica, derrota sin honra: la indolencia sabe leer. Y nunca, como hasta ahora, el orden social ha decretado tan libremente la posibilidad del propio abandono.

Naturalmente, se siguen publicando diarios económicos, abren los comercios, salen los deportistas al atardecer. Vale decir, continúa el trabajo —antónimo de la indolencia—. Pero ésta nunca había conquistado tanto espacio; nunca, sobre todo, había poseído tanto prestigio. Tradicionalmente, la indolencia, aunque también la rebelión contra el orden, había sido autorizada apenas a un pequeño grupo de sujetos, principalmente artistas y filósofos. Cuando el genio era una excepción, quien recusaba la vita activa en beneficio de su propio ocio no dañaba a la sociedad que lo albergaba; su extensión habría provocado el colapso de la estabilidad social, el final mismo de la autoridad. Pero, derrotados los totalitarismos, desplegada ya la sociedad del espectáculo, nuestro mundo ha hecho suyo el célebre lema gargantuesco: haz lo que quieras. Y muchos no quieren hacer nada; eligen la indolencia. Su triunfo tardío, entonces, refleja el fracaso relativo del humanismo; expresa una inconsciente protesta moral ante viejas promesas incumplidas. ¿Para qué esforzarse, si hubo un Treblinka, si hubo un Gulag? La indolencia es una forma de progreso.

A medida que el raro privilegio del poeta se convierte en costumbre, pues, se formula con más virulencia el deseo de no hacer nada. Alcanzamos así singulares cumbres de la civilización, hitos invisibles a fuerza de verlos tan a menudo. ¿No es curioso pertenecer a una forma de ordenación social que paga a algunas personas sólo por escribir y, a veces, lo hace con el dinero sustraído a otros hombres mediante tributos? Piénsese en ello un momento. De ahí que la creciente inmaterialidad de los flujos sociales sea el paraíso del indolente. ¡Que todo lo sólido se desvanezca! —posible apertura para un manifiesto inaugural—. Sin embargo, esta misma evolución ha convertido al poeta excepcional en poeta habitual. Sin darnos cuenta, todos jugamos a recusar al mundo, todos reproducimos el mito de la rebelión. Es sólo que los tiempos han cambiado y ya no se exige salir a la calle y —qué pereza— entregar la vida a un gendarme. Más bien, se trata de actuar por omisión, de ensimismarnos en nuestro supremo derecho a la molicie. I vitelloni! ¿Somos, acaso, una especie cansada? Tal vez; son ya muchos años.

Sin embargo, hay algo más. ¿Acaso la verdadera indolencia no es siempre secreta, por fidelidad a sus propios principios? Aquellos que de verdad abandonan el mundo no dejan ningún rastro; la indolencia debería así ser íntima, privada, discreta. Quien hace el supremo esfuerzo de exhibirla —saliendo a la calle, llamando a un amigo, escribiendo un poema— no se ha rendido todavía. Aunque lo ignore, aunque lo niegue, conserva la fe.

Decreto de abandono

Posted in Decreto de abandono on 18 diciembre, 2007 by catalogosdevalverde32

Catulo // Sergio Algora // Manuel Arias Madonado // Lidia Bravo // Raúl Díaz Rosales // Pablo Fidalgo Lareo // Francisco Fortuny // Álvaro García // David Leo García // Julio César Jiménez // Diego Medina Poveda // José Antonio Padilla // Carlos Pardo // Lorenzo Plana // Francisco Ruiz Noguera // Alberto Santamaría

[confesión]

Posted in General on 18 diciembre, 2007 by catalogosdevalverde32

—A mí las gentes que creen que tienen importancia —le decía—, que sus vidas tienen importancia, me hacen gracia. Les miro gesticular, asegurar una cosa y me divierte. Porque hay que tener una pretensión inaudita, o ser más tonto de lo que generalmente somos, para suponer que lo de uno tenga la menor importancia. Me recuerdan la suegra de mi hermano Ramón que se enfurecía rabiosamente, a cada momento, por si las cosas se hacían o se dejaban de hacer. A mí, en casa, me llamaban Shanti Andía, por el personaje de la novela de Baroja, que es amigo de mi hermano Ignacio. No sé por qué: no he viajado nunca, ni he corrido aventuras. Lo único que he procurado siempre es no hacer nada. Y si hice —¡qué remedio! ¡hay que vivir!— nunca le he dado la menor importancia. Mi hermano Antonio, que se pasó la vida trabajando para asegurarse una vejez tranquila —eso decía él—, se murió a los cuarenta y dos en pleno trabajo. Como muestra basta un botón. Mi familia ya cumplió.

Max Aub, La calle Valverde.