prólogo: Notas para una sociología de la indolencia [Manuel Arias Maldonado]

Puede discutirse que la indolencia sea una virtud, pero no que se trata de una conquista. Nuestra civilización es la primera en consagrar la indolencia como uno de sus principios —¡como un derecho!— sin incurrir por ello en el riesgo de derrumbamiento; al menos, por ahora. Y nos complacemos en ello. Basta leer estos poemas para comprobar la mórbida delectación que esta contraética provoca. A fin de cuentas, siempre ha sido una de las principales armas del poeta frente al mundo: el desapego responde a la industria. La novedad es que la indolencia no es ya patrimonio del poeta; como mucho, éste es su portavoz. Ha habido, en el pasado, formas de indolencia; por supuesto. Siempre ha habido perezosos, vagos, quietistas. Sin embargo, la indolencia —¿no es cierto?— es cosa distinta. Forma oblicua de la melancolía, inercia posmetafísica, derrota sin honra: la indolencia sabe leer. Y nunca, como hasta ahora, el orden social ha decretado tan libremente la posibilidad del propio abandono.

Naturalmente, se siguen publicando diarios económicos, abren los comercios, salen los deportistas al atardecer. Vale decir, continúa el trabajo —antónimo de la indolencia—. Pero ésta nunca había conquistado tanto espacio; nunca, sobre todo, había poseído tanto prestigio. Tradicionalmente, la indolencia, aunque también la rebelión contra el orden, había sido autorizada apenas a un pequeño grupo de sujetos, principalmente artistas y filósofos. Cuando el genio era una excepción, quien recusaba la vita activa en beneficio de su propio ocio no dañaba a la sociedad que lo albergaba; su extensión habría provocado el colapso de la estabilidad social, el final mismo de la autoridad. Pero, derrotados los totalitarismos, desplegada ya la sociedad del espectáculo, nuestro mundo ha hecho suyo el célebre lema gargantuesco: haz lo que quieras. Y muchos no quieren hacer nada; eligen la indolencia. Su triunfo tardío, entonces, refleja el fracaso relativo del humanismo; expresa una inconsciente protesta moral ante viejas promesas incumplidas. ¿Para qué esforzarse, si hubo un Treblinka, si hubo un Gulag? La indolencia es una forma de progreso.

A medida que el raro privilegio del poeta se convierte en costumbre, pues, se formula con más virulencia el deseo de no hacer nada. Alcanzamos así singulares cumbres de la civilización, hitos invisibles a fuerza de verlos tan a menudo. ¿No es curioso pertenecer a una forma de ordenación social que paga a algunas personas sólo por escribir y, a veces, lo hace con el dinero sustraído a otros hombres mediante tributos? Piénsese en ello un momento. De ahí que la creciente inmaterialidad de los flujos sociales sea el paraíso del indolente. ¡Que todo lo sólido se desvanezca! —posible apertura para un manifiesto inaugural—. Sin embargo, esta misma evolución ha convertido al poeta excepcional en poeta habitual. Sin darnos cuenta, todos jugamos a recusar al mundo, todos reproducimos el mito de la rebelión. Es sólo que los tiempos han cambiado y ya no se exige salir a la calle y —qué pereza— entregar la vida a un gendarme. Más bien, se trata de actuar por omisión, de ensimismarnos en nuestro supremo derecho a la molicie. I vitelloni! ¿Somos, acaso, una especie cansada? Tal vez; son ya muchos años.

Sin embargo, hay algo más. ¿Acaso la verdadera indolencia no es siempre secreta, por fidelidad a sus propios principios? Aquellos que de verdad abandonan el mundo no dejan ningún rastro; la indolencia debería así ser íntima, privada, discreta. Quien hace el supremo esfuerzo de exhibirla —saliendo a la calle, llamando a un amigo, escribiendo un poema— no se ha rendido todavía. Aunque lo ignore, aunque lo niegue, conserva la fe.

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